Transformando la experiencia de la salud

Categoría | Balance y Control
2016-04-12 00:00:00

Quedarse mudo

De por sí, una emoción suele ser fuerte. Por lo menos lo que entendemos por “emociones” que en este caso son sucesos anímicos que dejan huella.
Una emoción fuerte puede dejarnos sin habla, provocar un desmayo, hacernos llorar o reír inconteniblemente. Una emoción fuerte altera nuestra normalidad y hace que actuemos de manera impensada; puede crear en nosotros un estado en el que nos desconocemos.
Una persona que recibe una noticia inesperada, sea esta buena o mala, quedará muchas veces en “estado de shock”, tardará en reaccionar y en comprender cabalmente de qué se trata. La psiquis humana usa esto como un mecanismo de defensa, como un paso de adecuación que es necesario para afrontar el tema. Sobre todo con las malas noticias.
A veces se confunde emociones con sensaciones y se habla de una “emoción fuertísima”cuando un hecho lo que produce es una sensación: de miedo, por ejemplo.
Las emociones son espirituales y las sensaciones, su nombre lo dice, provienen de nuestros sentidos que son activados por algo. La emoción puede producir una sensación: “lo vi así y se me hizo un nudo en la garganta”. Lo psíquico y lo físico están unidos en nosotros.
Las emociones fuertes producen efectos en el organismo porque provocan una respuesta fisiológica de adecuación de diferentes órganos y aunque no haya forma segura de controlarlas, si se sabe de una persona cercana, con problemas de salud, hay que tener cuidado y tratar de evitárselas o ayudar a “dosificarlas” de modo que afecten anímicamente lo menos posible. Muchas veces hemos leído que una emoción fuerte puede provocar un infarto al corazón o un desmayo y estas son muestras de cómo están íntimamente relacionadas las funciones del cuerpo con el cerebro.
Recordemos la diferencia entre una emoción y una sensación, pues los llamados “amantes de las emociones fuertes” son en realidad gente a la que le gustan las sensaciones fuertes.