Transformando la experiencia de la salud

Categoría | Balance y Control
2016-04-12 00:00:00

Si toma, no maneje

Esta frase de advertencia es muchas veces desoída, con las consecuencias que las noticias y la estadística grafican. “Un trago” produce efectos diferentes, pero los produce.
Altera la percepción y aunque uno no se de mucha cuenta hace más lentos los reflejos que normalmente permiten al conductor de un vehículo reaccionar a tiempo en un momento dado.
El alcohol, conforme se ingiere en mayor cantidad irá embotando los sentidos, haciendo que el sujeto actúe extrañamente, se amodorre, se duerma y a veces la intoxicación por alcohol lo llevará al coma y a la muerte.
Es un triste destino que empieza como jugando: alegremente, a veces.
El alcohol ingresa en la sangre y produce efectos muchas veces insospechados, afectando al cuerpo y a la mente. Y es que no solo los órganos como el hígado sufren, sino que el cerebro, nuestra fuente de razón y equilibrio emocional se ve perturbado al extremo de prácticamente anularse para todo propósito. El alcohol, para decirlo directamente, hace que la razón se pierda aunque sea solo por unos instantes.
Quien ha bebido licor en cantidad, muchas veces no recuerda lo que hizo o lo que sucedió mientras estaba bajo sus efectos. A cada rato vemos en las noticias tragedias producidas por beber y “no saber lo que se hizo luego”. Manejar en estado etílico es una infracción de tránsito, sí, pero además puede convertir a una persona en asesino o suicida, o las dos cosas al mismo tiempo.
“Un trago no hace daño” se dice, pero la combinación con manejar un vehículo es un verdadero crimen. Nadie que ha bebido alcohol debería manejar, no solo por temor a las multas si es descubierto por la policía, sino porque está poniendo en riesgo mortal a su propia persona y a los demás.
Existen posibilidades para evitar manejar si se ha tomado. Puede llevarlo a uno un amigo que no lo haya hecho, tomar un taxi o si es necesario, quedarse en el lugar. La alternativa puede ser una multa, un accidente y la muerte de uno mismo o la de otros.
En realidad, lo ideal es no tomar: el daño es personal y va creciendo con el tiempo. Sin embargo, hacerlo y manejar supone ponerse en riesgo inmediato y convertirse en un peligro que amenaza a la sociedad.
Que un rato de juerga y “alegría” no se transforme en llanto y tragedia que duran mucho más, tanto, que son irreversibles.